15 de noviembre de 2013

Díselo con su nombre

Díselo con flores, pero si no puedes o no quieres, díselo con su nombre, que es siempre asequible y es gratis. Llamar a las cosas por su nombre, hemos oído siempre. Y es elemental. Cada nombre invoca un objeto, una idea, una sensación, una persona. Todas las personas tenemos nuestro nombre, con el que nos identificamos completamente. Puede ser más bonito, más moderno, más snob,... da igual. Es MI NOMBRE. Así me llamo y así me gusta que me llamen. Me identifico con mi nombre más que con ninguna otra cosa. Somos así. Es la vida, al menos hasta ahora.
















Por tanto, campañas como Coca-Cola o antes Nutella, son siempre un éxito asegurado. No hay riesgos. Gustará seguro. La gente, tú y yo, siempre se verá atraído por una lata (Coca Cola) o un bote (Nutella) que ponga su nombre. Es la empatía máxima, la cercanía total de una marca hacia el cliente.

El nombre propio suaviza el mensaje, lo humaniza y personaliza. Basta ver la diferencia entre un sencillo whatsapp que diga "Te recojo a las 3", por ejemplo, o este otro "Felipe, te recojo a las 3". Felipe verá con mejores ojos el mensaje en el que aparece su nombre, que el anterior, más lejano, impersonal.

Los ejemplos abundan en este campo. Una recomendación básica para cualquier orador es dirigirse a su interlocutor por el nombre de pila, y si no lo sabe, le pregunta "Perdón, cómo se llama usted", y luego se dirige a él con su nombre.

No lo dudes, llama a la gente por su nombre, aunque sea para pedir una minucia, aunque estés hablando con él varias veces al día, y parezca que ya no hace falta anteponer su nombre. NO. Siempre gusta, siempre acerca. Pocas cosas hay más evidentes en esta vida. Y nos olvidamos.

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