26 de enero de 2015

Despacito y buena letra

Inmediatez. Abundancia. Big data. Redes sociales. Portabilidad. El menú perfecto para un déficit de atención creciente y un atolondramiento mayúsculo si no se combina con otros productos.

Hace unos años apareció el movimiento slow, que defendía la lentitud, como requisito necesario para el disfrute de la vida en cualquiera de sus actividades. Al principio, nació como Slow Food en contraposición a Fast Food. Ahora se aplica a muchos ámbitos.


En el mundo del periodismo y la comunicación, también se advierte esa tendencia, con ejemplos cada vez más numerosos. Es una reacción lógica a la llamada infoxicación. Gracias a los "slow media" nos encontramos con productos de más calidad, en contenido y en redacción, más análisis y profundidad. Pero... ¿triunfarán en la era digital?

Aquí te dejo varios casos:


1. The Economist. Hace unos años creo una sección denominada "Lean Back" (reclinarse hacia atrás, 'ponerse cómodo' para leer) para lectores que solicitaban una lectura tranquila, a fondo.

2. Hace poco, Jill Abramson, ex directora del NYT, avanzó su próximo desafío. También en esta línea: reportajes a fondo, largos, excepcionalmente documentados. Tan es así, que se habla de 100.000 dólares al autor de cada reportaje, para que disponga de todos los medios.

3. En España, han surgido varios medios con esta filosofía. Yorokobu, publicación con historias de todo tipo. Su eslogan es directo: "Take a walk on the slow side".

4. La revista Panenka, con otra frase que la define: "El fútbol que se lee". Artículos largos, relatos cuidados, estilo elegante. Poco después, su competencia sigue esta misma línea: el caso de Líbero.

5. Uno de los primeros en asomarse a esta nueva corriente fue Jot Down, revista digital y en papel, con un abanico de temas enorme. Quizá su sección más cuidada es la de entrevistas. A fondo, larguísimas. No las he impreso nunca, pero no deben bajar de 30 páginas.



11 de enero de 2015

Optimismo hasta en el café

De vuelta del trabajo, me fijo en una nueva cafetería en mi barrio. Se vende como la "cafetería optimista". Sorpresa. Releo. Sí, no me he equivocado. Sonrío y me quedo perplejo. ¿Qué tendrá que ver la cafetería con el optimismo?

Ser optimista es fundamental. Y hoy en día más necesario que nunca. Una actitud contraria, que siempre ve dificultades, que se centra en lo negativo, no la queremos ni para nuestro mayor enemigo.

Comunicar optimismo es básico en cualquier relación humana, y por tanto, también en el trabajo. Un reto permanente en Comunicación Interna es precisamente transmitir buen clima laboral, ambiente positivo.

Sé optimista, no soñador.

Ahora bien, la exageración del concepto puede llegar a convertir el optimismo en algo ridículo. Desde la cafetería optimista, al instituto de la felicidad -que existe-, o al afán de convertir el mundo en color rosa, y solo rosa. Se puede llegar al extremo de pensar que se puede comprar el optimismo y la felicidad.

Otro ejemplo: he visto que existe una liga de los optimistas. Le deseo todo el éxito del mundo, pero por favor, no nos aprovechemos del personal.

La emotividad, el sentimentalismo, el 'donde el corazón te lleve', está a la orden del día. Pero sin exageraciones ni simplezas. El optimismo se trabaja, tiene un fundamento, requiere convicciones: no se compra con un café, aunque la crema o la nata tenga forma de corazoncito.


(Prometo no faltar a mi cita semanal: disculpa el vacío de este último mes. Muy feliz y optimista 2015).