11 de enero de 2015

Optimismo hasta en el café

De vuelta del trabajo, me fijo en una nueva cafetería en mi barrio. Se vende como la "cafetería optimista". Sorpresa. Releo. Sí, no me he equivocado. Sonrío y me quedo perplejo. ¿Qué tendrá que ver la cafetería con el optimismo?

Ser optimista es fundamental. Y hoy en día más necesario que nunca. Una actitud contraria, que siempre ve dificultades, que se centra en lo negativo, no la queremos ni para nuestro mayor enemigo.

Comunicar optimismo es básico en cualquier relación humana, y por tanto, también en el trabajo. Un reto permanente en Comunicación Interna es precisamente transmitir buen clima laboral, ambiente positivo.

Sé optimista, no soñador.

Ahora bien, la exageración del concepto puede llegar a convertir el optimismo en algo ridículo. Desde la cafetería optimista, al instituto de la felicidad -que existe-, o al afán de convertir el mundo en color rosa, y solo rosa. Se puede llegar al extremo de pensar que se puede comprar el optimismo y la felicidad.

Otro ejemplo: he visto que existe una liga de los optimistas. Le deseo todo el éxito del mundo, pero por favor, no nos aprovechemos del personal.

La emotividad, el sentimentalismo, el 'donde el corazón te lleve', está a la orden del día. Pero sin exageraciones ni simplezas. El optimismo se trabaja, tiene un fundamento, requiere convicciones: no se compra con un café, aunque la crema o la nata tenga forma de corazoncito.


(Prometo no faltar a mi cita semanal: disculpa el vacío de este último mes. Muy feliz y optimista 2015).

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