5 de febrero de 2016

El curioso caso del escritor humilde

Mi querido lector (es decir, yo mismo), reconozco que es la primera vez en mi vida que escribo sobre la muerte. Un difunto reciente, de ayer mismo, a los 62 años, por un infarto fulminante. No puedo no hacerlo, después de trabajar con él veinte años. ¡Va por ti, José Miguel! 

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Siempre entrañable, siempre alegre. No le recuerdo un mal gesto, un enfado, un mueca de acritud ni de rencor. Así era José Miguel Cejas. Un gran conversador, que además decía cosas interesantes, certeras. Pero sobre todo escuchaba, valoraba, te tomaba en serio, y pedía consejo. Ese tipo de gente a la que se puede preguntar y plantear de todo, porque tiene un magnetismo, una credibilidad ganada a pulso.

Otra nota que le distinguió: su apertura, el deseo de entender y hacerse entender, su contacto permanente con gente joven, para saber adaptar su estilo, su mensaje, a todo tipo de públicos. En fin, un afán desmesurado por empatizar con cualquiera: de derecha, de izquierda, pobre o rico, niño o anciano. Cuántas veces preguntaba: ¿esto lo entiende bien un chico de 18 años? ¿esta expresión se sigue usando?, o frases similares.

José Miguel estaba bien en cualquier sitio, porque el lugar era lo de menos: le importaba la gente; viajó por medio mundo, con ocasión de sus biografías y novelas, y de actividades de voluntariado, de solidaridad: Guatemala, México, Polonia,... Su pasión, encerrada en cada párrafo de sus libros, fue ayudar a los demás, acercarles a la verdad, a Dios en definitiva. 

Escribió mucho. Los que de verdad le conocen señalan que tenía el don de escribir bien y muy rápido. Era un artista con la palabra, pero también con el pincel: lo que realmente le gustaba era el dibujo. Sus bocetos de portadas de libros u otros publicaciones estaban muy logrados. Pese a ese genio innato, no tenía un solo gramo de egolatría, muy común en este tipo de genios. Cero. Nunca le oí hablar de ventas de libros, de cuántas ediciones llevaba éste título o aquel, de si me había gustado su reciente biografía. Cero. Creo que no le importaba absolutamente nada. Un detalle tonto, pero revelador: hoy mismo, horas después de su muerte, me he acercado a su despacho: decenas y decenas de libros…, pero ninguno suyo.

Como buen artista, era despistado. Mucho. Le decía que era más fácil localizar al presidente de los Estados Unidos que a él; aunque tenía móvil, con frecuencia se lo dejaba en otro sitio, lo perdía, se le quedaba sin batería, etc. ¡La de bolígrafos que me habrá perdido, por usarlo un momento y luego no saber qué había hecho con él! Era así. Y así le queríamos. 


Acabo. Hace poco me dejó el guion para la presentación de su último libro, publicado el 1 de febrero, que tendrá lugar dentro de unas semanas.  El título de la obra podría ser una metáfora de su vida: “Cálido viento del norte”. Así fue él -aunque del sur, de Córdoba-; apacible, cálido con todos, sin rastro de indiferencia hacia nadie. Un fenómeno. Un fenómeno entrañable.