20 de noviembre de 2016

Contra la transparencia

A todos nos gusta la transparencia, especialmente la de los demás. Es un concepto atractivo porque va de la mano de otros atributos, tan sugerentes como el primero: honestidad, ejemplaridad, naturalidad, etc. Y además, embelesa porque no admite matices: se es o no se es transparente; no podemos ser transparentes al 20 o al 80 por ciento. Todo o nada.

No hay simposio, jornadas, conferencias sobre comunicación, en que esta palabra no sea citada, y en muchos casos, esté incluida en el título o sea el tema principal de un evento.

Es evidente que se ha avanzado mucho estos años en la gestión de organismos públicos y privados. La ley de 2013 y el portal de transparencia del Gobierno son pequeños pasos realmente imprescindibles. Pero el camino por recorrer es inmenso. Como explica la periodista Berta G. de Vega, "transparencia radical sería saber la mortalidad de cada servicio de un hospital", por ejemplo.

Una distinción importante: la transparencia de lo público es más que evidente, ya que está al servicio de todos y se sostiene con nuestros impuestos. La gestión pública está cada vez más examinada, controlada, y realmente cualquier herramienta que impida la corrupción es bienvenida. 

En el ámbito privado, no es tan clara la exigencia de una transparencia absoluta. De aquí, el título polémico del post. Para empezar, algunas preguntas: ¿entendemos todos lo mismo por transparencia?, ¿un dircom debe impulsar el conocimiento real, malas noticias incluidas, de su institución? ¿cómo conjugar la cacareada transparencia con estrategias, tácticas, planes de comunicación?

Una buena comunicación es aquella que muestra el bien que realiza la empresa a la sociedad, que escucha y dialoga con sus públicos, y que en momentos de crisis no se esconde ni se justifica. Que actúa con rapidez, que otorga los datos razonables antes incluso de que se les pida, y que siempre está dispuesta a contestar todas las preguntas, aunque a veces no se deba responder absolutamente todo: por prudencia, por el bien de terceros, por pudor, o por otras mil razones. 

En fin, ¿transparencia? Claro, pero con matices, sin que se nos llene la boca.