22 de junio de 2017

La belleza de la vulnerabilidad

Ser vulnerable. Verte vulnerable. Saberte vulnerable. Me fascina el poder de la vulnerabilidad, la fuerza de saberse herido, de equivocarse, de sentirse frágil. De no tener el control, en definitiva. Pero precisamente, en la vulnerabilidad radica nuestra mayor fuerza, como analiza Brene Brown en su libro sobre esta realidad.

No sé si vivimos en un mundo complejo, o nosotros mismos lo estamos complicando. Todo se mide -"mide y vencerás", es el eslogan de una empresa-, analiza, evalúa, compara.


La reputación, palabra mágica en los últimos años, referida a una marca o una persona, tiene cada vez más importancia. Y es lógico. La inmediatez, transparencia y comunicación constante obligan a cuidar cada detalle, porque todo importa.

La buena imagen es necesaria, sí, y la reputación, que se construye día a día, paso a paso, tarda años en consolidarse, y se puede perder en 140 caracteres. Pero con frecuencia asociamos buena imagen con hacer todo bien. Y esto es muy difícil de sostener, y sobre todo, de creer.

Pánico al rechazo

Esta cultura por la perfección así entendida, donde todo está bajo control, el miedo a equivocarse puede llegar a ser paralizante, porque no permite el fallo, o mejor dicho, que el error sea descubierto. El miedo a la crítica, el pavor a no gustar, la excesiva corrección, son hoy día el 'abc' de la comunicación personal e institucional.

En el fondo, es mi opinión, no nos creemos la frase de "errar es de humanos". Y pedir disculpas, pedir perdón, se ha convertido en algo imperdonable.

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