9 de septiembre de 2017

El Camino de Santiago es lo de menos

Hace una semana comencé el Camino de Santiago. Lo haré por tramos, sin prisa, pero desde el principio. Las primeras etapas han sido maravillosas, desde San Jean Pied de Port hasta Pamplona, pasando por el precioso e importante lugar de Roncesvalles. Bosques de hayas, robles, largos caminos con sombras y suelos repletos de hojas húmedas, donde cada pisada es una bendición al tacto.

Pero por encima de todo, de la grandes vistas, de los parajes, el Camino me ha entusiasmado por la posibilidad de conocer y conversar con tantas personas de los orígenes más dispares: una cena con coreanos y taiwaneses, un café con un brasileño y una canadiense, un paseo con un matrimonio anciano de Alburquerque, Nuevo México...

No es un chiste, es el Camino: un francés, dos portugeses y dos españoles...


























Resumo en tres verbos mi entusiasmo por el Camino:

Caminar. La actividad física es importante; para un buen descanso, un gran cansancio. Caminar a tu ritmo, sin necesidad de llegar el primero. Además, al menos en mi caso, solo se puede pensar, reflexionar, si uno camina con calma (y si el suelo es regular, sin piedras). Sudar, beber, volver a sudar. Una paradita que sabe a gloria. Pequeños placeres debidos a pequeños sufrimientos.

Contemplar. En su sentido más amplio, me refiero a ver lo que te rodea con ojos nuevos, observar con asombro un árbol hermoso, los saltitos nerviosos de un petirrojo o el collado Lepoeder, cerca ya de Roncesvalles. Contemplar también es ir más allá, buscar los porqués, el sentido último de lo que te rodea, la bondad de un Dios que ha cuidado todo detalle. Contemplar es mirar con agradecimiento.

Conversar. Lo dejo para el final, pero a mi juicio es lo mejor del Camino. He tenido la suerte de coincidir, durante tres días, con personas de más de 40 países. Sí, 40. Una vuelta al mundo si salir de Navarra. Y hablar sin mirar el reloj, con el móvil en la mochila, sin interrupciones tontas. Conversaciones trascendentes y superficiales, largas y cortas, tú eliges. La variedad de personas, motivaciones, culturas, es tan inmensa que por si solo constituye una experiencia impagable. O al menos muy, muy barata.

¿Lo mejor del Camino? La gente. El resto, en el fondo, es lo de menos.

Buen camino. Y mejor meta.

PD. Un pequeño detalle: hacer estas etapas al comienzo de septiembre tienen premio: a derecha e izquierda excelentes moras salen a tu paso.

Una japonesa a punto de coronar Leopeder.
El Camino navarro, la octava maravilla del mundo.

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