9 de mayo de 2018

Andrés

Iniesta es de los pocos que no necesita, hoy por hoy, un apellido. Su nombre lo llena todo, incluso en muchas ocasiones se le llama simplemente Don Andrés. Se ha escrito mucho sobre él estos últimos días, y seguramente queda poco que añadir. Pero me veo en la obligación –sí, obligación-, de rendir mi pequeño tributo a un futbolista diez, en el aspecto humano y en el profesional. Prefiero centrarme aquí en la parte del balón, en la del jugón.

Los comienzos de Iniesta en el primer equipo no fueron fáciles. Tardó en ser titular, pero poco a poco se fue haciendo insustituible. Hasta hoy. El tiempo no perdona a nadie, y menos a los exquisitos, a los artistas. Un arañazo en una obra maestra, Las Meninas por ejemplo, es más doloroso y cruel que el mismo daño en una obra más vulgar.

Para mí, el juego de Iniesta tiene todo lo que espero del fútbol: visión de juego, pase, control y conducción del balón. Lo demás, incluido el gol y reconozco que es mucho decir, me importa menos. Soy de los que prefieren un pase entre líneas, medido, al pie o mejor al espacio, o un control impecable, que un gol de chilena o de volea espectacular. Hay gente para todo.

Andrés también tiene defectos, y empiezo por aquí: no posee un gran disparo ni mucho gol, aunque nunca olvidaremos el iniestazo en Stamford Bridge o el gol del Mundial. No va bien de cabeza, no defiende como un pitbull, ni es un regateador habilidoso.

Su fútbol siempre ha tenido otras virtudes excelsas, que lo han convertido en un vino añejo, de la mejor cosecha, como sus vides. Un estilo Laudrup, jugador que le encandiló, por la conducción de balón y su suave movimiento de cintura para el amago y el dribling. Una capacidad innata para saber hacer lo mejor en cada situación, por difícil que parezca. En este sentido, Modric es similar, aunque la elegancia y recursos de Iniesta son mayores. Siempre me asombró el temple de Iniesta, la sensación de no ponerse nervioso nunca con un balón. Nunca. Y he visto mucho fútbol, mucho Barça, mucho Iniesta.

Con Andrés hemos vivido los mejores año del Barsa. No sé si volverán. Pero quedará para siempre en mi memoria cómo avanzaba con el balón, cómo lo acariciaba. Era un jugador de fútbol que en vez de entregar el balón parecía repartir caramelos, que se deslizaba como el patinador sobre el hielo, que todos sus movimientos parecían naturales, sin apenas esfuerzo.

Gracias por tanto, maestro, gracias por todo.

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